“Los niños de hoy no son como los de antes…” es una frase que se escucha reiteradamente de la boca de muchos abuelos, padres y docentes pero… ¿es así? ¿Los niños de hoy son tan diferentes? …Parece que sí y ello en buena medida porque las transformaciones económicas, políticas y culturales que dieron forma a ese contexto que hemos llamado posmodernidad han impactado fuertemente en la infancia actual.

¿En que son diferentes estos niños? Podríamos decir que los niños de antes jugaban más y con menos objetos: una latita podía ser un carro, una olla, un auto y más; las muñecas no necesitan hablar, las casitas no se compraban en la juguetería….no había o- games, mundos virtuales ni chat; se vestían como sus padres querían no con la ropa de…., no sabían de marcas ni psicopedagogos, ni hiperactividad ni déficit atencional. Le temían al reto, al terrible “ya vas a ver cuando venga tu padre”, a la penitencia y a las malas notas.

Frente a todo esto hoy es posible sostener que la noción tradicional de infancia como un tiempo de inocencia y dependencia del adulto se ha debilitado, en parte propiciada por el acceso de los niños a la cultura popular durante fines del siglo XX y principios del siglo XXI.

Este acceso infantil al mundo adulto ha originado nuevos discursos entre los infantes quienes ahora, devenidos en consumidores, tienen otra conciencia de si mismos: ya no se perciben como entidades inexpertas y dependientes de los adultos sino que se asumen como individuos independientes y capaces, en muchos planos, de arreglárselas sin el auxilio de un mayor.

Según María Cristina Rojas (2004) hay un mito de época que al equiparar el niño con el adulto tiende a descartar la fragilidad infantil y a dejar de lado la cuestión de la responsabilidad de los mayores. Los niños asumen rápidamente este nuevo posicionamiento y se comportan como “grandes” lo que despierta las quejas de los padres quienes los consideran desafiantes, casi incontrolables, incapaces de respetar a nada ni a nadie… en definitiva: tan distintos a los de antes.

Podemos preguntarnos que hay detrás de este cambio, ¿por qué sobre el trasfondo de la niñez moderna se dibuja un “niño-grande “ que parece capaz de autoabastecerse y que por tanto, no necesita de otros?

Tal vez la respuesta más sencilla es decir que esto ocurre porque los niños ya no se perciben a si mismos como seres pequeños que necesitan del permiso del adulto y dependen absolutamente de ellos para actuar. Si bien es cierto que no todos los niños reaccionan del mismo modo a la “nueva realidad” y algunos pueden seguir manteniendo las pautas de conducta “esperadas” a la vieja usanza lo cierto es que la “nueva actitud”; los “nuevos niños” no son como los de antes y no dudan en imponerse frente a adultos que han perdido su autoridad.

Pensemos ¿en que se sostenía la autoridad del adulto? En el poder que otorgaba el saber cosas que los niños (protegidos de tanta información) desconocían. Hoy los adultos y los niños se encuentran en pie de igualdad respecto de la información que manejan e incluso hay sectores en los que los infantes aventajan a los mayores (por ej. computación, internet, manejo de aparatos electrónicos, etc.).

Los abuelos y padres que antes eran férreos defensores de los valores familiares tradicionales y la disciplina severa para los niños están comprendiendo que algo ha cambiado, que por alguna razón la autoridad (adulta) se ha perdido, o mejor dicho se ha replanteado o resignificado.

Ahora bien no se trata de decir con todo esto que la infancia ha desaparecido, que ya no hay niños por que no sería verdad. Lo que se puede decir es que existe una declinación de la infancia moderna que ha mutado hasta dar lugar a esta “nueva infancia”. La infancia moderna que podía ser caracterizada como la “espera por ser adultos”, la preparación para el advenimiento de la adultez (mediatizado por una serie de ritos y ceremonias de iniciación: los pantalones largos, la fiesta de quince años, el primer baile, la presentación en sociedad, el primer sueldo, el ingreso al servicio militar entre otros) ha desaparecido.



En su lugar se alzan “nuevas infancias”, infancias posmodernas que se distinguen por la demanda de inmediatez acrecentada por la cultura mediática de satisfacción consumista: “no sé qué es lo que quiero pero lo quiero ya”. La idea de espera y de iniciación a la adultez ha caducado: la infancia es ahora un periodo que debe atravesarse lo más rápidamente posible. Son niños que con el control remoto en la mano se convierten en “todopoderosos emperadores mediáticos”, capaces de recorrer los cientos de canales de la televisión por cable sin dudar ni un instante y crecen adueñándose de experiencias y saberes que a los adultos les costó décadas procesar.

Son los chicos “sobre-estimulados”, curiosos al extremo, que “saben todo” y con cinco años enseñan a sus padres como usar una computadora. Los que tienen un nuevo lenguaje poblado de vocablos que podríamos clasificar como propios de un “tecnoespañol” (mail, web, soft, “messengear”, “googlear”) o bien plagado de abreviaturas aptas para “mensajearse” con amigos en el menor tiempo posible y con el menor esfuerzo por ejemplo: “str” por “estar”, “msj” por “mensaje”, “mñn” por “mañana”; “t vo n ksa” por “te veo en casa”; “tkm” por “te quiero mucho”, “ymm” por “llámame” a toda esta gama se le agrega el uso permanente de “emoticones” (caritas sonrientes) para expresar estados de ánimo.

Hasta aquí mucho de lo que se escucha permanentemente en los medios, de lo que todos sabemos y observamos diariamente pero hay otra cara en la moneda: estos son también los chicos aburridos de pantallas, saturados de pantallas, adoradores de pantallas y navegadores de pantallas; reyes de una virtualidad que les permite hacer y ser todo por ej. Juegos de video game que simulan carreras de motos y que se manejan con una moto…. ¿Verdadera? No importa porque que los límites de lo verdadero se desvanecen en el momento en que la carrocería tiembla y el jugador toma conciencia -visualmente por medio de la pantalla, pero táctilmente por medio del temblor del volante – de que la moto ha chocado.

La vida de la “nueva infancia” se juega detrás de una pantalla donde no hay que esperar, donde todo está cuando y donde se quiere: canales infantiles en los que los dibujitos ya no se transmiten de cinco a seis de la tarde solamente, por lo que no es necesario esperar la hora de la merienda para verlos; están todo el día al servicio del niño televidente.

Son también los niños de la “adolentización temprana” aquellos que ingresan rápidamente en el mundo “teen” con lo cual no dudan en vestirse, maquillarse y comportarse como adolescentes aún cuando apenas están iniciando la escolaridad. En algunas ocasiones, cuando se trata de niñas, se denomina a este grupo “between” (entre) para dar cuenta de estas actitudes que anticipan una edad cronológica aún distante. Este fenómeno se ve propiciado, claro está, por una pantalla en la cual los envíos que se ofrecen apuntan a ese público: Casi ángeles, Patito feo, Niní, Floricienta entre otros que se han dado en llamar “programas infanto-juveniles”… todos ellos han dado origen a una generación de seguidores que cantan, se comportan y hablan como los protagonistas. Tratando de emular a los míticos: Cielo, Thiago, Rama, Flor, Antonella consumen (compran, piden, exigen) ropa, calzado, maquillaje y accesorios que los hagan verse/sentirse como ellos….

Cabe resaltar que si bien esta faceta de la infancia posmoderna es la que parece predominar, no podemos olvidar que hay “otros niños” y “otras infancias”. Son infancias autónomas, independientes pero porque sus protagonistas viven en la calle, porque trabajan desde muy pequeños y porque en ellos la figura del adulto no tiene atisbos de protección. En la misma vertiente se encuentran los “chicos y chicas de la noche”, estos que han construido una serie de códigos que les dan cierta autonomía económica y cultural. Son niños pero no infantes; no son dependientes sino independientes en la negociación diaria para lograr su sustento. Podríamos decir que no es la infancia de la realidad virtual, de las redes de computación y de los canales de cable sino la infancia de la realidad real aquella sobre la que pesa la exclusión (física e institucional); son los nuevos analfabetos (digitales). Es la infancia “sospechada”, considerada altamente peligrosa por la sencilla razón de que se sospecha de su carácter infantil y se afirma que detrás de su máscara a la que debemos ternura por ser niños biológicos, se encuentran los adultos en pequeño dispuestos a todo, incluso a robar, a matar.

CONCLUSIONES:

Este nuevo siglo nos confronta con una infancia (y con un niño) diferentes. El niño moderno era un ser indefenso, que necesitaba del amor, cuidado y enseñanzas de los adultos (padres muchas veces) a los que debía obediencia porque su razón era incompleta y sus conocimientos no eran útiles en la sociedad adulta. Infancia era igual a dependencia, obediencia y heteronomía es decir que se regían por imperativos que estaban fuera de ellos mismos; el niño era un ser privilegiado al que se debía proteger….

Ahora los niños son los que gozan del saber (virtual, informático y telemático); su mundo es tan legítimo como el mundo adulto: consumen, luego existen; y si no consumen, emergen con violencia y finalmente existen (aunque esa emergencia les cueste el encierro, la cárcel y hasta la muerte). Son chicos que, portadores de una cultura legítima, obligan a sus padres y maestros a adaptarse a ella; los conocimientos se elaboran o se vetan en otros espacios: la televisión con sus reality, los programas de opinión donde el “no experto” adquiere voz y critica. Niños cada vez “más adultos” por su capacidad de elección y su independencia tecnológica pero, paradójicamente, cada vez más indefensos frente a la influencia massmediática y la compulsión al consumo: lo que los hace poderosos, obviamente, también los debilita.

Para finalizar compartimos algunos dichos de estos “niños posmodernos”:

Karen (9 años): “Me da risa cómo vivían los chicos antes. Pero no me gustaría vivir como lo hacían ellos. A los cuatro le enseñé a mi abuela a usar la computadora, con un programa infantil. Creo que lo bueno de ser chico es que podés decir las cosas con más libertad”

Joel (7 años): “Mi personaje favorito es Harry Potter. Me gustaría ser como él porque puede hacer magia, volar sin avión ni helicóptero y hacer hechizos. Pero no tengo ganas de crecer. Me gusta ser como soy ahora, juntarme con mis amigos e imaginar cosas. De la escuela, lo que más me gusta son los recreos, la clase de música, natación y computación”

Camila (8 años): “Me dice mamá que cuando sos grande te querés hacer chiquito otra vez. Pero yo no creo que a mí me vaya a pasar eso. Igual, me gusta ser chica porque puedo hacer un montón de cosas. Más que los chicos de otras épocas, que tenían una vida muy aburrida. Se vestían bien, estaban todos armaditos. Además, la escuela era cortita, no estudiaban tanto como estudiamos nosotros.”

UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN LUIS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS CARRERA DE LICENCIATURA Y PROFESORADO EN EDUCACIÓN INICIAL CATEDRA DE PSICOLOGIA DEL DESARROLLO Documento de Cátedra Elaborado por: Lic. Lorena Bower.

No se tu, pero yo no pienso quedarme con los brazos cruzados,

¿Que crees que podemos hacer para involucrarnos en un cambio a favor de la infancia? deja tu comentario.