Lucas 17:1 – Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos…

Ponga su nombre donde el mensaje es personal. Jesús dijo (me dijo a mí): imposible es que no vengan tropiezos...

Es imposible vivir esta vida sin la ofensa. Es imposible vivir entre personas sin recibir ofensas, que pueden llegar desde cualquier rincón, tanto si estamos en lo cierto como si nos equivocamos.

Este es el muro que se ha erigido entre la salvación y nosotros, entre nosotros y Dios.

Un buen cristiano, un cristiano de corazón, un verdadero cristiano no debería dejarse ofender con el fin de no ofender a Dios.

¿Donde van a parar las ofensas? ¿No es donde mora Dios? Porque no hay otro lugar en el que guardar las ofensas que no sea el corazón.

Cuando nos sentimos ofendidos, hablamos con amargura, con odio, con ira, dirigido todo ello a herir a un amigo, a dividir la iglesia, a destrozar nuestro matrimonio, a aplastar a nuestra familia, a romperla. Cuando nos sentimos ofendidos, no sabemos que nos estamos dejando atrapar. Y no lo sabemos porque la ofensa es un instrumento de satán para cegarnos a la realidad. La ofensa prolifera por la falta de amor verdadero. Hay amor, y hay amor verdadero, amor auténtico. El amor verdadero olvida el mal que se le hace para poder tener esperanza para el futuro.

Para salir del pozo, debemos olvidarnos de las ofensas. ¿A qué pozo me estoy refiriendo? Podría ser el de la pobreza o el de las dificultades. Aunque tengamos razón aunque estemos en lo cierto, a nadie le está permitido darse por ofendido. Como buen cristiano, debemos rehusar ofendernos para no agraviar a Jesús. No es posible darse por ofendido y hablar con Dios, como tampoco podemos estar ofendidos y escucharle a Él. No es posible. Cuando nos sentimos ofendidos, nuestro espíritu está cautivo, y ha de sentirse libre para poder contactar con el Espíritu de Dios, para poder ser sensible a Él. Cuando nos sentimos ofendidos, nuestro espíritu está cautivo.

Cuando nos sentimos ofendidos, nos centramos en el mal que nos han hecho, y olvidamos de la condición en la que nos encontramos y estando centrados en ese mal que nos han hecho, la condición en que nos es el silencio.

Al mantener vivo el rencor hacia otra persona, estamos dañando al Espíritu Santo. No hemos de olvidar que nuestro corazón es el punto de contacto para el Espíritu Santo, y manteniéndolo sano, mantenemos abierto el canal con Dios. Cuando hablamos con Él con todo nuestro corazón, ya tenemos hecho la mitad del trabajo, ya hemos anotado la mitad de los puntos. Pero ¿cómo hacerlo si no está libre, si estamos cautivos, si nos encadenamos a nosotros mismos por no saber perdonar? Llevando a las espaldas la ira, el odio y la amargura, nos hallamos en presencia de Dios con un espíritu que no sabe perdonar cargado de odio, amargura y celos, y es ese estado queremos recibir las bendiciones de Dios.

Es mejor no lograr que lograr y perder. Para mantener, necesitamos a Dios. Es mejo no lograr, que lograr y fracasar después.



Lucas 17:1 “Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos, mas ¡ay de aquel por quien vienen! Dios ya ha juzgado a quienes nos han ofendido, de modo que si ya lo ha hecho Él, ¿por qué hacerlo nosotros también?

Cuando José cayó al pozo seco, se dio a sí mismo, de acuerdo con su sueño y su objetivo: Este no es mi lugar. Yo sé cuál es mi lugar. Ese pensamiento lo reconfortó. En su caso, ¿cuál es su pozo seco? Debería sentirse reconfortado si tiene una visión. Un hombre pobre no es aquel que tiene los bolsillos vacíos, sino aquel que carece de visión. Sea cual sea la situación en que nos encontremos, no debemos olvidar nunca nuestros sueños ni nuestros propósitos.

José se dijo: esta es una de las pruebas que tengo que pasar para llegar donde quiero llegar. Ante las tormentas y alas crisis, piense si alguna vez se ha dicho estas palabras: Este no es mi lugar. Mi sueño no me conducía hasta aquí. Yo sé cuál es mi lugar, y esto es solo una parada. Es una de las etapas por las que debo pasar, pero una etapa que no me hará desfallecer ni me perjudicará, sino que me hará más fuerte.

Si se tiene una visión, un sueño, será lo que tenga en mente, en lugar de lamentarse, de quejarse y llorar. Las dificultades por las que pasamos nos recuerdan nuestros sueños y propósitos. José estaba en el pozo e inmediatamente esa situación le recordó sus sueños y propósitos. Sé cuál es mi lugar. se dijo. Se donde voy a no voy a perder el camino; aquí me haré más fuerte. Este lugar no me perjudicara sino que me mejorará.

¿Alguna vez nos hablamos a nosotros mismo así? Cuando nos encontramos ante una dificultad, solo nos quejamos. Permitimos que sea esa dificultad la que nos indique el camino. Nunca debemos dejar que las dificultades nos gobiernen. Si sabemos cuál es nuestro sitio, eso basta para darnos felicidad y fuerza, tanta como para sobreponeros a las dificultades,

Nuestros deseos de mejorar, de sentirnos protegidos, de recibir las bendiciones de Dios…. el que desea la victoria debe prepararse para la batalla. La situación difícil en la que nos encontramos es parte de la guerra que hemos de librar. Los reveses las dificultades, la pobreza o la desilusión son algunas de las guerras que hemos de librar para poder llegar al reino. ¿Qué guerra está librando usted en este momento?

Nada ocurre por nada; nada ocurre por casualidad. José se encontró en el pozo seco como parte de la guerra a la que debía enfrentarse. Luchó salió victorioso y avanzó. Más adelante hubo otra batallas. No fue la última, pero con cada batalla, tuvo en mente su objetivo, su visión. Nunca hemos de olvidar nuestra visión.

Cuando sabemos cuál es nuestro lugar, no tardaremos en abandonar la situación en que nos encontramos, ni ella en abandonarnos a nosotros. Sigamos adelante. Una mayor gloria atrae una mayor persecución.

Aquellos que mantenemos una relación con Dios podemos resistir. hay gracia para nosotros. Si nos confesamos a ´El con sinceridad, si lo seguimos, hay un regalo para nosotros. Nadie sigue a Jesús sin potencial. Cuando seguimos al Señor Él nos lo otorga, y ese potencial se traduce en fuerza y capacidad.

Ese potencial nos proporciona perseverancia para sobreponernos a las pruebas y dificultades a las que nos enfrentamos a diario. Cuando vemos a alguien quejándose, es porque no no es aun auténtico nacido de nuevo. Si somo verdaderos nacidos de nuevo, entonces, tenemos potencial. Dios nos hace entrega de esa capacidad, de esa fuerza para que podamos ser sus hijos.

Si hemos nacido de nuevo, la vida que vivimos no es nuestras, sino de Cristo. Cuando somos sus seguidores, siempre hay alguien en algún lugar cuidándonos, luchando por nosotros protegiéndonos.

 

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